martes 1 de diciembre de 2009

Irlanda I



Introducción
Habíamos llegado a nuestro destino e Irlanda se mostraba allí bajos nuestros pies. No tardamos en coger un coche y nos dirigimos hacia uno de los lugares más bellos de la vieja Europa. Los acantilados de Moher, cuyas vistas se alzaban a 214 metros sobre el océano Atlántico envolviendo nuestra mirada más allá del horizonte. Podíamos sentir el vértigo en nuestras cabezas y como la sensación de peligro, al borde de aquellos acantilados, hacia emerger una especie de excitación que hizo que te rodeara entre mis brazos.

La isla esmeralda, lo que un día fue el fin del mundo, era uno de los escenarios mas bellos que dos amantes podían contemplar. Sus majestuosos acantilados, por cuyas piedras corren leyendas de sirenas, desprendían un olor cuya aroma a agua de rosas ascendía por nuestros cuerpos dando color a un arco iris cuyas gotas se posaban frescas sobre tu piel.

Las olas rompían embravecidas sobre aquellas rocas y su espuma parecía salpicar tus labios con el sólo propósito de arrancar de ti el calor de los mismos. El viento azotaba nuestros cuerpos semidesnudos, mientras tu pelo ondeaba en el aire desafiando mis sentidos bajo el encanto de tu sonrisa.

La elegancia del sueño en el que estábamos a punto de sumergirnos nos transportaría a tiempos en los que la naturaleza salvaje de aquellos paisajes ardía en deseos de rozar tu cuerpo.

Al caer el Sol te pedí que cerraras los ojos, que escucharas cuanto iba a susurrarte a los oídos, y que prepararas tus sentidos para aprender como aquel manto de estrellas haría caer la noche a nuestros pies, como aquella tierra de turba negra sería testigo de cuantas pasiones estaban a punto de despertar. Y así fue como te llevé cada vez mas lejos, y mas lejos, hasta aquel velero en el que nos encontraríamos navegando durante las horas mas hermosas de una noche llena de amaneceres.

Quieres subir al velero conmigo? Entonces déjame que me asome a tu alma y que el mundo se abra ante tus puertas, por que tus sentidos dejaran de ser tuyos y tú corazón sentirá mis latidos, mientras mis labios abrasaran tu cuerpo para dar placer a tus deseos.

Irlanda 1ª parte

En aquel velero, cuyas velas hechizaban las cristalinas aguas del oceano, rezaba un letrero que decía “No existen extraños en mi barco, solo amigos que todavía no se conocen”.

Habíamos navegado 8 millas mar adentro y tu cuerpo iba anunciándome que no se opondría a cuanto hiciera con él.
Allí, en el timón, observándote durante todo aquel tiempo, observando como tu cuerpo bronceado se había empapado de la brisa marina. Como aquel pareado sobre tus caderas ocultaba traviesamente cuantas formas sensuales encerrabas en tu piel.

Te fuiste acercando hacia mi para colocarte entre mi cuerpo y el timón, dándome tu espalda para sentir esa mezcla de aire freso y cálido aliento depositándose plácidamente sobre tu cuello. Cada vez más cerca hasta que mi cuerpo entro en contacto con el tuyo, hasta poner mi cara junto a la tuya mientras mis ojos contemplaban el nacimiento de tus senos bajo aquel minúsculo bikini cuya tela transparente apenas podía ocultar la excitación que mostraban.
Liberé mis manos de aquel timón para iniciar un sendero por el que llegar desde tus manos a tus hombros, y allí sujeta entre mis dedos, abrasar tu cuello con mis labios
Mis manos se deslizaban una y otra vez, bajando vertiginosamente tu cuello para acabar rozando tus senos que se erigían firmes y duros mientras mordisqueaba tu cuello.
Te hacía sentir el centro del universo en aquella burbuja que nos separaba del resto del mundo, temblando al tacto de mis dedos, mientras te aferrabas a aquel timón con la misma fuerza con que deseabas detener el tiempo.

Las sensaciones te invadían mientras la chispa de mi cuerpo corría por tu vientre para hacer vibrar tus senos que se mostraban desafiantes ante la excitación que provocabas en mi.
Sentiste mi lengua y la suave sombra de tu voz me susurró que recorriera tu espalda con mi boca, que fuera explorando cuantos laberintos fueran necesarios hasta llegar a tus caderas.

La punta de mi lengua iba marcando cada camino en tu cuerpo. Te sentías derretida por mis dedos que bajaban por tus lados, por tus curvas como corrientes cargadas de energía que te hacían estremecer.

Así fui conquistando cada centímetro de tu piel hasta llegar a la más íntima prenda que llevabas puesta. Miré tus ojos y tras una mirada de complicidad lo lamí con mi lengua, deshaciendo aquel nudo que ocultaba la humedad deslizante que empezaba a brotar de tu cuerpo.
Fue un latigazo de placer lo que abrió tus piernas cuando deje caer aquel tanga negro incapaz de cubrir tus más lascivos deseos pero cuyo seda parecía indicar los limites de cuanto escondías. Mis dedos se posaron sobre tus nalgas recorriéndolas mientras mis dientes mordisqueaba aquel culito cuya calidez no hacia mas que provocar en mi una mayor excitación
Tus primeros gemidos de placer surgieron al contacto de mi lengua con aquella preciosa seda sobre una piel llena de sensualidad y belleza.

Con mis dedos aparté la fina tela de tu rajita y mientras te abrías más y más fui descubriendo cuantos íntimos secretos guardabas allí dentro.
Fue el sentir la punta de mi lengua sobre tu sexo, cuando un escalofrió de ardiente placer recorrió todo tu cuerpo hasta arrancar de tu voz entrecortada las primeras palabras de amor.
Me empezaste a pedir que no parara de mover la lengua como lo hacia, que mi boca llenara cada rincón de tu sexo. Tu coñito realmente estaba caliente y tus caderas parecían agitarse ante cada lametazo de éxtasis que soltaba en su interior.
Te sujetaba el culo mientras mi húmeda lengua iba jugando dentro de tu sexo y tus manos apretaban más y más aquel timón que nos conduciría a los placeres más ocultos.

Me rogabas que no parara de mover de esa forma mi lengua y fue entonces cuando te rocé con un dedito para aplacar cuantos deseos de sentir algo duro tenias en tu interior. El ritmo de mis dedos, sensuales y atrevidos, junto con mi lengua marcaban cada grito de placer que emanaba de tu boca, cada movimiento de tu vientre descontrolado que estremecía ante la lluvia de sensaciones que sentías en tu sexo.

Seguías volando y volando mientras las llamas iban alimentando tus deseos cada vez mas calientes, no podías resistirte a ser dominada de aquella forma. Tu sexo era mío, lo había tomado por completo y lo único que deseabas era que te lo hiciera mas rápido, que mis dedos y mi lengua se introdujeran cada vez mas adentro de tu ser, que mis movimientos dieran paso a cuantas lujurias tenias en tu mente.
Y así lo hice, no pare de moverlos y comerte el coñito, cada vez mas rápido, más fuerte, más caliente, mas húmedo hasta que al final tuviste tu orgasmo, hasta que al final decidiste correrte allí, de pie, agarrada a aquel timón que te había conducido por las rutas del placer, arrastrándote a aquel arroyo de éxtasis en que tu cuerpo se había convertido
Gritabas una y otra vez,
Asiiiiiii, no pares
Me estoy corriendo, sigue haciéndomelo
Eso es, muévelos mas rápidos
Asiiiiiiii, siiiiiiiii
Siiiiiii
Sigue por favor
Hazme una y otra vez
Eso es,
Si, si, no puedo mas
Pero mis dedos salían y entraban en tu sexo sin compasión, rozando tus labios, tu clítoris, jugando con tu orgasmo para introducirse en el vértigo de tu hendidura, hasta que tus fluidos vaginales brotaron de ti como el agua brava de un arroyo. Fue realmente hermoso aquel orgasmo, aunque aquel juego no había hecho más que empezar.